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Había vuelto de Buenos Aires hacía ya 3 años, harto del estrés laboral y de la monotonía. Trabajaba en Información Legislativa, en el subsuelo del Ministerio de Economía. Mientras estaba en la carrera de Derecho el trabajo le vino bien, habida cuenta del generoso horario y de los permisos por examen que podía tomarse. Pero luego, una vez recibido, empezó a sentir el lastre del trabajo. En sus adentros no estaba dispuesto a conceder que la vuelta al interior tenía relación con su necesidad de espacios abiertos, su aversión al encierro y a las grandes ciudades en general. Era un enamorado del horizonte, y con una jornada laboral de 9 horas no podía ser el mismo.  Sumado a su estado de confusión general, se había separado de su antigua novia, la que lo había acompañado toda su carrera. Quería aire y la relación con esa muchacha, varios años mayor lo asfixiaba. No sabía aún o ya había olvidado a la soledad. Ahora por primera vez en mucho tiempo anhelaba una aventura, quería ganar dinero y de esa manera no verse forzado a trabajar. No se vería forzado a entrar en la vorágine de sus colegas.

 

 

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En las bodegas del Iran Shariati, la actividad no cesaba. La carga de arróz en bolsa se hacia con el primitivo método de la cincha, un trabajo que demandaba mucha mano de obra, un recurso abundante por aquellos días en Concepción. La exportación era por cuenta de Calimboy SA, empresa de la zona con fuertes intereses en el comercio de arroz. Años antes la Federación de Cooperativas Arroceras ocupaba su lugar pero las deudas y la mala administración terminaron con el emprendimiento cooperativista. En otro sector de la ciudad, alejado del puerto, Diego y su equipo repasaban las vituallas que necesitarían en Iran. Los equipos no eran demasiado grandes, solo un par de PCs, en cuyos discos rígidos estaban almacenadas todas las informaciones y datos que se podían conseguir a traves de Internet  y de la literatura abierta en lo relativo a las armas nucleares. Se destacaba en este grupo el High Energy Archive, documento en html que circulaba libremente por internet, y redactado por un especialista cuyo objetivo, al introducir esa información en internet, era la prevención decía el. Tambien sobresalía en el grupo el pack de películas producidas por Peter Kuran en DVD, con horas y horas de “footage”,   filmaciones desclasificadas de test nucleares llevados a cabo en los cincuenta y sesenta. Esas imágenes habían impresionado a todos en el grupo pero en particular al abogado, siempre tan afecto a las cosas extrañas, exóticas y difíciles de conseguir. En esa época no era raro encontrarlo en su oficina de la calle Alem, a altas horas de la noche mirando las películas en su máquina. No importaba si afuera hiciera frio o calor, el siempre estaba frente a la pantalla. Otro elemento muy presente eran los cables conectores del PCL, mas conocido como Programmable Logic Controler, lenguaje de interfase utilizado para que un robot entienda y  ejecute órdenes dadas a través de un PC. Los cursos de programación en PLC estaban dirijidos a la automatización de plantas industriales, plantas de alimentos. No era necesario ser muy despierto para comprender que los principios de automatización eran los mismos para cualquier tipo de dispositivo. En el caso de las bombas atómicas, lo esencial en el hardware es la rapidez. Se trata de liberar la mayor cantidad de energía en el menor lapso de tiempo. Cuando esto no se logra se produce la tan temida pre-detonación que disminuye muchísimo la potencia de la bomba. Los micro swichers eran importantes por esto, porque la robótica comercial, la utilizada en la automatización comercial no estaba diseñada específicamente para ser utilizada en artefactos sometidos a una gran tensión, pero igualmente se podían utilizar.

 

 

 

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En la segunda reunión, quedó definido que solo viajaría a Irán Diego y un pequeño grupo de colaboradores: Alberto Troche y el Profeson Juan Tommasewski, este último en su carácter de responsable teórico del emprendimiento. El letrado justificó su prescencia en el hecho de que el contrato final se firmaría en Irán y alguien debía verificar que el dinero se depositase correctamente en los bancos designados al efecto.

 

 

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Cuando en la Embajada Norteamericana en Buenos Aires recibieron el  anónimo escrito en computadora, en el que a cambio de dinero ofrecían suministrar información relativa a exportación de material sensitivo nuclear hacia Iran nadie se lo tomó demasiado en serio. Un lunático más pensaron. Recibían varias cartas de ese tipo por més, casi todas relacionadas con el fenómeno del hacking, la religión de culto de los jóvenes argentinos. Todos conocían el caso de Ardita, que a simple vista era un muchacho flaco y esmirriado, oculto bajo sus anteojos de nerd, con un padre militar y una familia promedio. Acusado de introducirse en la red del Pentágono fue detenido por un grupo de policias y miembros del FBI en su departamento del Barrio de Palermo.  Esa intrusión habia sido real y  nadie la habia anticipado, así que el oficial de inteligencia Potter no le dio mucha bola. Simplemente la archivó en su fichero metálico, en una carpeta nueva. Sería necesario otro sobre conteniendo un CDr marca Mitsui, con un bosquejo del artefacto en plano de AutoCAD 32 para que Potter y sus compañeros le asignaran mas importancia  y llamaran a Washington a su superior jerárquico. Junto con el archivo de AutoCad venía otro elemento para quitar el sueño: una lista de 500 ciudades norteamericanas, y la leyenda “Under Attack”. Estaban las mas grandes por supuesto, pero lo que mas llamó la atención de los investigadores es que tambien venían incluidas ciudades como Biloxi, Missisipi, una ciudad de 50000 habitantes en la costa del golfo de México.  Era más una forma de decir: no nos importa el impacto que tenga. Para la opinión pública norteamericana, sensibilizada en extremo por catástrofes como la de Oklahoma City, tener acceso a ese tipo de noticias sería impactante. Potter decidió usar el teléfono y pedir con Washington.